Un vistazo sin pestañear a la pintura de Lulú Valdés.

La obra pictórica de Lulú Valdés desafía la subjetividad del observador, forzándolo a descubrir por sí mismo si de lo plasmado en el lienzo surgen planetas, islas polares, músculos o microcosmos circulares. Porque en su obra, la dinámica imperante es dejar libre al testigo ocular, para que éste y su imaginación emprendan una aventura interpretativa a través de las imágenes creadas, no con el fin de obtener una certeza estética, si no por el placer mismo de contemplar un infinito de posibilidades plásticas.
Sobre rectángulos de espacio, planos de belleza renovada son expuestos como no sujetos a la temporalidad, y por ello, incapaces de caducar, trascendiendo así el mero sentido físico de los elementos pintados. En estos cuadros, figuras antropomórficas nos revelan una realidad oculta más allá de la epidermis. Armoniosos cuerpos que se convierten en paisaje, y viceversa, invitan al que mira a explorar, sin premura, ya sea un camino, una región corporal o un acertijo. Y luego, como resultado de un profundo ejercicio del ver, espectáculos abstractos carentes de obviedad nos revelan la existencia de lánguidas mujeres que parecen desafiar al expresionismo.
En otra serie, perteneciente a estratos más lúdicos de la obra de la artista, surgen esferas de aparente vida sensible que se agolpan como invocando un rito de perfección y universalidad. Son círculos de espacio, representaciones cósmicas y rostros simétricos que bailan arrobados por la pasión del color.
El sustento material de estos escenarios son las sutiles deidades encerradas en óleo, madera, temple, tela, y polvo de mármol, que mezcladas por la pintora en originales recetas, plasman su visión del mundo, un mundo que invita una y otra vez a verificar su naturaleza y comprobar su sustancia. Ceras, resinas y pigmentos son tocados por espátulas y pinceles en una multitud de formas, propósitos, texturas e intensidades. Materiales de tierra domesticada y agua espiritualizada son metamorfoseados por la artista en objetos sólidos que colisionan entre sí y parecen colapsarse mas allá del espacio del lienzo. Luna, mar, piedra, noche, isla, vegetal, fantasma, precipicio y desierto son algunos de los eventos cósmicos que se aparean al ritmo de sus trazos.
Ciudades apocalípticas, criaturas pariendo y mitologías en color se constituyen en la pupila del mirón como una visión heroica que presencia el nacimiento de estrellas (como vistas por el telescopio hubble), y que otorgan al espectador un par de dos ojos gigantes capaces de convertir instalaciones caóticas en estructuras zoomorfas. Al final, en el último nivel de la evolución pictórica, se presencia fuego que surge del hielo, montañas en pleno crecimiento y cascadas marinas convertidas en sueños de vapor adheridos a la pintura de Lulú Valdés.

Arturo Contró.

 

 

Advertencia al pintor.

El pintor debe ser universal y amante de la soledad, debe considerar lo que mira, y raciocinar consigo mismo, eligiendo las partes más excelentes de todas las cosas que ve; haciendo como el espejo que transmuta en tantos colores como se le ponen delante; y de esta manera parecerá una segunda naturaleza.

 

Tratado de Pintura

Leonardo Da Vinci

 

Al principio solo las veía como raíces.

Así fue como empezó la relación, entre esos árboles y Lourdes Valdes, quién ahora por cuestiones del destino vive cerca de ellos. Dice que sintió su presencia…su esencia y se enamoraba de ellos con cada visita. Solo entonces fue que Valdes, entendió que eran una metáfora, de un proceso de transición en su vida. Su reencuentro con la pintura, a la que había hecho a un lado para ser madre, el conformar una familia, haber migrado de país. Significativo para el espíritu libre y errante que siempre la caracterizó. Entendió el antes y el después en su vida, ahora con los pies en la tierra: firme como sus árboles, pero al mismo tiempo con la cabeza en la nubes. En muchos mitos ancestrales es un gran árbol (axis mundi) el que une el cielo, la tierra y el inframundo. Con la madera de ciertos árboles se fabricaron los primeros esqueletos de planeadores y aviones con el que el hombre pudo volar y eventualmente llegar a las nubes. Y es el místico que vincula el ideal de realización humana con la experiencia de lo real en su nervadura más profunda…lo subyacente e inasible. Una noche el chamán Don Juan pidió a su agotado aprendiz que solo podría dormir cuando hubiera encontrado su lugar en el universo, lo que lograría si encontraba el lugar preciso, aquel que decidiera como suyo para descansar en el pequeño cuarto vació con piso de tierra que veía por primera vez en su vida y en donde pasaría la primera noche de su largo aprendizaje. Esa noche la paso prácticamente en vela al no encontrar el lugar correcto, aquél que era solo suyo, aquél que unía su cuerpo con la tierra, la inmensidad del desierto y sabía que no podría mentir o engañar a su maestro.

Identificamos en las raíces de Lourdes Valdés el azar del gesto en la pintura, la liberación de la mente, o quizás instinto, pulsión y creación onírica. En un circuito de arte contemporáneo que tamiza casi todo y en donde el artista promedio acota su producción como: una crítica, una reflexión, una reinterpretación: de frontera, límite, consumismo, postura política, periferia, sociedad, género y demás lugares en común que no permiten disimular nuestra angustia ante la soledad existencial en un mundo cada vez más homogeneizado. Quizás lo más valioso de las pinturas de raíces de Lourdes Valdes, sea su capacidad de transformarlos en santuarios personales, con su acto al pintar, trabajando con la materialidad del pigmento que perméa el  soporte, la gestualidad del trazo como un acto que reafirma su yo, ritmo y color de ensimismamiento, su propio encuentro en sus continuas visitas a aquellos árboles de sólidas raíces: para que estas se le manifiesten tal y como ella las mira, como ese espejo que transmuta los colores, una segunda naturaleza, un impasse a la realidad, un acto de libertad hacia el entendimiento de ella misma y su propia naturaleza. En sí concientizar su propia transformación, y de aquel que pueda mirar su propio lugar en el universo.

 

Gerardo Montiel Klint

2013

 

 

Travesías

El paisaje siempre es un lugar subjetivo:  el lugar de una idea, de una evocación, de un sueño.  Incluso los paisajes mas realistas siempre, ya pesar de ellos, hablan mas de la Mirada de quien pinta lo mirado.  Esto se vuelve particularmente importante a la hora que nos enfrentamos con unas miradas que mas que representar la naturaleza, nos muestran la complicidad entre el tacto, el ojo y el movimiento.  Nos hablan de un recorrido, o mejor de un deslizamiento, de una travesía, donde se anuda la relación entre la presencia de los seres de la naturaleza y su desvanecimiento.  Se desvanecen al momento en que estos son apenas vistos y sentidos por el cuerpo de quien atiende mas la manera en que lo sólido “pasa” ante mirada y el cuerpo.

La obra de Lourdes Valdés nos exige no mirar cosas, sino viajar, entrar en la velocidad como artificio y génesis de lo mirado.  Sus obras no ven el paisaje, mas bien lo recorren de cerca, con todo el cuerpo.  Evocan la destitución de la sustancia de las cosas y los seres, al tiempo que nos colocan en el lugar del vértigo.  Tal y como nos pasaba cuando niños, que al girar rápidamente sobre nuestro eje con los ojos abiertos, las cosas perdían su consistencia solo sentimos el vértigo hasta que parábamos.

Sus pinturas no miran valles y montañas, mas bien nos sumergen en ellos a través del movimiento; un movimiento del cuerpo y sus prótesis mecánicas, como la bicicleta, que nos pone en contacto con ciertas cualidades preceptúales en las que las cosas se captan mas por su continuidad y destitución que por su solidez material.

En suma: las pinturas son travesías por el tiempo mismo de la percepción.  Entre ellos los colores, las luces, las texturas nos llevan a un lugar de vértigo.

Lugar de vértigo o engaño y desfallecimiento de lo real que da lugar a otra cosa: a la ensoñación, a la semivigilia donde hay conciencia del mundo, pero en ese estado precario que aun no es dominado por la claridad  del despertar absoluto.  Acaso por eso, sus pinturas nos producen esa sensación, porque abren cierto territorio de ambigüedad en el que confundimos la significación de lo real, ese sitio donde toda forma puede ser una montaña, un cuerpo o un sueño.  El vértigo, pues, no solo nos habla del movimiento, sino de algo mas complejo: de la explosión de los lindes, de los bordes entre adentro y afuera, entre lo real y la fantasía.  Nos hablan de una travesía donde las sensaciones muestran nuestra confusión originaria con las cosas: el delirio.  Un delirio que es del cuerpo, que es de la mirada. Supone jugar con el delirio de quien entra al movimiento al mismo tiempo con la mirada y con el tacto, haciendo del allá y aquí, del afuera y el adentro, algo mas allá de la representación, lo transmuta en un acontecimiento.

 

José Luis Barrios